La gota que derramó el perreo

 

Ilustración: Bryvn Dvniel

Seguramente te ha tocado ver esa cara de estupefacción y asco que algunos ponen cuando dices: “sí, me gusta el perreo, ¿y qué?” Los abuelos se persignan. Pues bueno, yo era uno de ellos. Por arrogancia, por mamonería, negaba todo acercamiento al trap y este tipo de ritmos. Me aferraba a la santa imagen de mis bandas preferidas.

Una tarde, al salir del trabajo, mi teléfono sonó: “Vamos a una fiesta güey, ándale”, me dijo aquella personita del otro lado de la pantalla. Tenía ganas de chingarme unos tragos y de estar en cualquier otro lugar donde no hubiera fútbol ni aburrimiento, sobretodo esto último. Me lancé.

Sí, al inicio puse jetas y, como era de esperarse, la gente pasaba de largo. A nadie le interesa alguien que no sepa divertirse. Y como no era la intención quedarme de brazos cruzados, me puse a bailar como dios me dio a entender, mientras pensaba que “sólo era por esa vez”. Ajá.

Cuando salimos, más pedos que cualquier otra cosa, intenté regresar a la pose habitual. Pero detrás de la carne, mi espíritu se meneaba en silencio con “Locade Cazzu. Mi pierna no paraba de vibrar. Dejé en su casa a una amiga, y le di todo al estéreo. Después de Cazzu llegó Arcangel, Bad Bunny, y C. Tangana. El reggaeton me erotizó cada partícula, cada zona neuronal. ¿Qué chingados iba yo a hacer?

Arrepentido, como borracho en rehabilitación, no tuve más que reconocer este gusto exótico, pese a la jeta que ponían mis amigos, los rockerillos. ¿Para qué negarlo?, ¿para qué fijarnos en pequeñeces, pues que no parte del reggaeton es actuar con cinismo y desprenderse de pudores y apariencias? Lo que antes era repulsivo, ahora se revelaba como un cóctel de oportunidades y nuevas sensaciones, porque, admitámoslo, el reggaeton te permite entrarle a otra persona y establecer con ésta una comunicación de piel a piel, sin más, sin palabras ni cortejos baratos. Las manitas sudadas no tienen nada que hacer aquí.

El cuerpo poco a poco va aflojando, se va distendiendo, se le quita lo fresa. “No mames, güey, tú nada más déjate llevar”, me dijo aquella amiga, después de menear su cinturita, recio, brutalmente suave, a un tipo del que jamás volvimos a saber. Cuánta razón tenía, carajo.

¿Pero por qué, por qué este gusto? Porque habla de la calle, de lo subterráneo, del goce, de ese ímpetu y esa liberación sexual que durante siglos estuvo reprimida por moralidades absurdas y obsoletas. Tal vez esta es la razón por la cual el reggaeton, en lo últimos años, ha traspasado las fronteras de la moda para instaurarse como un movimiento autónomo, que no depende de un grupito de seguidores y que a cada hora seduce a nueva gente. Ya era hora.

Hay que darle al cuerpo lo que necesita; ve a la primera Jornada Venenxsa. ¡Es gratis!

 

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